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Cooperación y competición en los seres humanos

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La conducta de cooperación suele conceptualizarse como aquella que es llevada a cabo de manera común por un grupo de personas o entidades mayores, con la finalidad de alcanzar un objetivo compartido. La conducta opuesta es la competición, que se refiere a aquellas situaciones en las que las personas actúan de forma separada y procurando favorecer al máximo sus intereses individuales. No obstante, también se dan situaciones en las que un determinado grupo de personas se organiza para cooperar entre ellos, con la finalidad de competir contra otros grupos.
El tema de la cooperación y la competición ha sido muy investigado desde diversos ámbitos de la psicología. De hecho, hasta hace relativamente poco tiempo, la mayoría de perspectivas científicas defendían la idea de que las personas son seres egoístas por naturaleza y que por tanto tienden a buscar las situaciones de competitividad. En consonancia con dicha perspectiva se situó el relevante estudio llevado a cabo por Miller y Ratner. En este estudio, los investigadores pidieron a los participantes que predijeran las decisiones que tomarían diversas personas, obteniendo como hallazgo principal que la gente tiende frecuentemente a sobreestimar la influencia de los intereses personales en las actitudes y las conductas de los demás, es decir, las personas tienden a pensar que los demás son egoístas mientras no les demuestren lo contrario

A primera vista, adoptar un enfoque evolucionista para comprender la mente y el comportamiento humano implica considerarlos en términos económicos, como relacionados con la búsqueda del propio interés. Incluso fenómenos tan aparentemente poco egoístas como el altruismo o la empatía pueden interpretarse en última instancia por el beneficio que supusieron para la especie humana a lo largo de la evolución.

A pesar de lo anterior, en los últimos años ha cobrado mucha fuerza la idea de que el ser humano no funciona intrínseca e inevitablemente de manera egoísta y competitiva. En este sentido, una cosa es cómo funcionan los genes y otra, no necesariamente idéntica, cómo funciona la mente. Esta confusión se ha visto propiciada en gran parte por el excesivo énfasis de los sociobiólogos en los genes como único nivel en el que actúa la selección natural y sexual. No obstante, si se aborda el tema desde una perspectiva más amplia, resulta muy verosímil la idea de que, además del propio interés o el de los propios genes, la selección ha debido de favorecer también las conductas de cooperación. De hecho, cada día son más los psicólogos sociales y evolutivos que defienden la idea de que para las personas no sólo fue y es adaptativo esforzarse por asegurar su propia supervivencia y reproducción sino, sobre todo, intentar conservar relaciones sociales valiosas con otros miembros de su grupo y coordinarse con ellos. En esta línea de pensamiento se sitúa el prestigioso antropólogo Alan Fiske, que afirmó que excepto en el caso los sociópatas, la gente tiende a ayudar a los demás sobre todo para iniciar, mantener, reforzar o reparar relaciones sociales, y no simplemente debido a imposiciones externas o porque la ayuda sea un mero medio para lograr otro objetivo ulterior.

Si, tal y como se ha venido constatando, la historia de los seres humanos se ha desarrollado en su mayor parte según el sistema de vida de los cazadores – recolectores, no resulta muy probable que la competición haya sido el único principio que ha guiado la evolución de la civilización humana. De hecho, un requisito imprescindible para poder sobrevivir de la caza y la recolección no intensivas es la cooperación, no sólo dentro del grupo sino, incluso, entre grupos. En efecto, en la mayoría de las sociedades simples conocidas, la cooperación y el compartir los recursos valorados con el resto de los miembros del grupo se considera un símbolo propio del ser humano. Por otra parte, no existen prácticamente restos fósiles que demuestren que la violencia entre grupos fuera algo habitual entre nuestros ancestros antes de la aparición de la agricultura, hace unos 10.000 años, momento en el que el ser humano se asentó y abandonó la vida nómada.

Teniendo en cuenta todo lo anterior, parece evidente que las mejores situaciones para el progreso sociocultural tienen que ver con la conducta cooperativa entre los seres humanos. Sin embargo, la situación de competición no tiene por qué presentar características inherentemente negativas, ya que entendiéndola como un afán de superación para con nosotros mismos puede resultar muy valiosa y enriquecedora. De este modo, muchas personas sanas y saludables, hacen frente a las situaciones cotidianas y adversidades de la vida compitiendo contra sí mismos, es decir, intentando superarse cada día y estableciendo metas más altas para sacar lo mejor de ellos.

El filósofo y economista inglés John Stuart Mill fue un gran defensor de la importancia de las conductas cooperativas para el avance de las sociedades, aportando la siguiente idea al respecto:

“No existe una mejor prueba del progreso de una civilización que la del progreso de la cooperación”.

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